lunes, 5 de enero de 2009

El raro del barrio-Capítulo 3

Óleo de Maricarmen


Algunos amigos de Luciano disfrutaban mucho de su compañía, otros no tanto pero con todos se llevaba bien.
Marcos lo pasaba a buscar todos los días a las 7:30 para ir a la escuela, que quedaba a pocas cuadras. En realidad entraban a las 8 y a 2 minutos por cuadra, tardaban no mas de 8 minutos en llegar. A luciano no le gustaba llegar tarde, pero tampoco estar tan temprano, así que los 20 minutos que sobraban los pasaba Marcos esperando que Luciano termine de prepararse y desayunar.
EL ritual de ir a la escuela todas las mañanas parecía ser adictivo para Marcos que mas de una vez aparecía tocando el timbre, con su guardapolvo blanco y su valija de cuero marrón, un sábado.
También era común que Marcos tocase el timbre y atendiera la madre de Luciano desde la ventana de la planta alta.
-Marcos.¿que te paso?
-Nada. ¿Por?
-Porque son las 6 y media de la mañana.
-Uuuy, no me di cuenta, mi papá se fue a trabajar y pensé que era la hora.
-Esta bien, anda que te queda una hora mas para dormir.
Si, era muy despistado. Durante todos sus estudios Luciano lo ayudó a hacer tareas, prepararse para las pruebas, hacer trabajos prácticos. Es que en la casa de Marcos vivían, La madre, una mujer hipocondríaca que vivía enferma, o al menos siempre quejándose de dolores. Tenia todas las enfermedades conocidas y siempre estaba lista para acaparar alguna otra. No tenia el mejor carácter. Aunque las pocas veces que salia a la vereda tenia una cara siempre sonriente, trataba dulcemente a todos los chicos y a Luciano lo adoraba.
Cuando Luciano entraba a la casa de Marcos, la cosa cambiaba. Los gritos de la madre, los reproches constantes y algún que otro coscorrón hacían que las dificultades que tenia el chico en la escuela se convirtieran en el tema central de todo0s los días.
También vivía con ellos la abuela, que en realidad era la dueña de la casa y no desperdiciaba ocasión para hacérselo saber al pobre padre de Marcos que disfrutaba mas las horas de trabajo que las de "descanso" en la casa. El genio de la vieja era de temer. Una leyenda del barrio contaba que una vez se sonrió, pero eran solo leyendas. Ella también vivía quejándose de todo tipo de dolencias.
El "Cuqui", así le decían al padre de Marcos, era empleado de una empresa de camiones de transporte y llevaba mas de 10 años sin salir de vacaciones. El patrón se las quería dar, pero él prefería trabajarlas para no estar en esa casa.
La naturaleza hace cosas increíbles. Existe el dicho que dice, que con los años la mascota de la gente termina pareciéndose a su dueño. Y es muy real. Marcos tenía un perro pequines, un perro que de por si es feo, pero que con el pasar de los años comezó a parecerse a la su abuela y bastaba verlo caminar entre otros perros para reconocerlo, porque parecía estar siempre enfermo. Parece que de vivir en un ambiente donde las enfermedades eran para tenerlas y así poder vivir amargado, el pobre animal no desentonaba.
Eran muy buenos amigos con Marcos, pero Luciano a veces, se aburría un poco con él. Digamos que maduraban con otros tiempos.
Federico era un año mayor que Luciano, era diferente al resto, de cuerpo muy grande y dispuesto a hacer las cosas raras que Luciano proponía. Los padres de Federico tenían adoración por Luciano, lo llevaban al campo que ellos tenían, lo invitaban a las fiestas familiares donde sólo la familia concurría, muchas veces lo invitaban a comer con ellos. Los padres lo consideraban como de la familia y el propio Federico lo presentaba como su mejor amigo.
En una ocasión se juntaron ellos dos en la casa de Juancito, que era hijo de un funcionario con mucho dinero, tenia todos los juguetes imaginables y más, pero casi ningún amigo.
Juancito solo dejaba entrar a su casa a Luciano y a Federico y nunca salía a jugar con el resto. Dentro de esa casa se podía hacer cualquier cosa, aparte de atiborrarlo con todos los gustos, le permitían hacer cosas que a los otro chicos no, en realidad, hacía lo que quería.
En una ocasión después de jugar largo rato con los autitos nuevos traídos de Roma, se le ocurrió a Luciano, hacer el juego mas interesante. Armaron con una madera una rampa, por donde largaban los autitos, hasta ahí todo bien, pero la gran idea fue colocarles alcohol medicinal para así encenderlos y que fueran dejando la estela de fuego al saltar por la rampa.
Una experiencia casi cinematográfica que termino con Federico en el hospital con media pierna algo chamuscada. Nada serio, solo que se volcó un poco de alcohol y al andar arrodillados sobre el piso se mojo la pierna y todo se encendió.
Durante muchos años esa anécdota les sirvió a algunas de las madres para considerar a Luciano una compañía peligrosa.

2 comentarios:

  1. Muchas veces un hecho fortuito, puede arruinarle la reputación de las personas, por el resto de sus vidas...

    De todos modos, "el que dirán", es otra cuestión para dejar de lado.

    Saludos!!!

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  2. Si, uno es lo que hace.
    Gracias por pasar, una saludo.

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