El gran descubrimiento.
Se movía de una manera extraña. Muy rápido para un hombre de su edad. Para quienes lo conocían era síntoma inconfundible del entusiasmo repentino de ver que su experimento daba frutos, de vislumbrar resultados extraordinarios un paso más adelante. Porque tenía esa virtud, supongo que igual que un buen ajedrecista, que con su mente va dos o tres jugadas por delante del tablero. Él podía adelantar los resultados de casi cualquier experimento y estar desarrollando en su imaginación el próximo antes de terminar el actual. Y así estaba ese día, eufórico, conectando cables, mangueras y moviendo recipientes y aparatos sin parar. Mientras tanto, el mundo seguía su rutina. Afuera de su abandonado laboratorio la gente pasaba sin tener la menor idea de la importancia del descubrimiento que estaba por hacer el doctor Ramag. Es más, nadie podía imaginar que ese frente descolorido con faltantes de revoque y esa vereda rota por las raíces de los árboles fueran de un laboratorio. Sin dudas pare...