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Mostrando entradas de marzo, 2011

No, no es lo mismo.

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Un día de otoño espectacular, con mucho sol, calor un poco exesivo para esta época pero al bajar el sol el aire fresco nos recuerda que el verano terminó. Y está ideal para escribir. Dan ganas de sentarse comodo en el jardín, con las últimas luces de un sol rojiso y apenas una briza. No hay mejor momento para sentarse a escribir, poca gente alrededor, ya no hay nada pendiente para acer y uno puede dejar volar la imaginasión a lugares insospechados sin un argumento prefijado. Los personajes crean su propia historia, me sorprende y me enticiasma ver donde me lleban. Soy el primer sorprendido con la trama y quiero ler más, descuvrir el final inzospechado pero no puedo segir, me distraen las faltas ortograficas al punto de aserme impocivle la consentrasión en el testo. Cepan dizculpar, pero correjir escritos de cekundaria me deja hasí.

EL CANTO DEL VIENTO

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Corre sobre las llanuras, selvas y montañas, un infinito viento generoso. En una inmensa e invisible bolsa va recogiendo todos los sonidos, palabras y rumores de la tierra nuestra. El grito,. el canto, el silbo, el rezo, toda la verdad cantada o llorada por los hombres, los montes y los pájaros van a parar a la hechizada bolsa del Viento. Pero a veces la carga es colosal, y termina por romper los costados de la alforja infinita. Entonces, el Viento deja caer sobre la tierra, a través de la brecha abierta, la hilacha de una melodía, el ay de una copla, la breve gracia de un silbido, un refrán, un pedazo de corazón escondido en la curva de una vidalita, la punta de flecha de un adiós bagualero. Y el viento pasa, y se va. Y quedan sobre los pastos las "yapitas" caídas en su viaje. Esas "yapitas", cuentas de un rosario lírico, soportan el tiempo, el olvido, las tempestades. Según su condición o calidad, se desmenuzan, se quiebran y se pierden. Otras, permanec...

Epecuén.

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Llegué a este lugar en el año 92 o 93 y tenía algo que para mi es indispensable en el paisaje. Mucha agua. Por acá no pasan ríos, ni estamos cerca del mar, pero hay lagunas. Lagunas chicas, bañados llenos de vegetación palustre y mucha vida, así como enormes lagunas, o tal vez lagos, porque desconozco donde está el límite en el tamaño donde dejan de ser lagunas y pasan a ser lagos, pero lo que sé, es que en algunos casos del otro lado del espejo del agua solo se veía horizonte. Para los amantes de la pezca, esto era el paraíso. Uno paraba al costado de un camino, ponía la parrilla y mientras de hacía el asado, tiraba la caña para obtener los pejerreyes más grandes posibles y en una cantidad impensada para los que venimos de la ciudad. Tantos peces había que era muy común que algún vecino te viniera a ofrecer 10 o 15 piezas porque había ido a pescar y no sabía que hacer con tanto. Acá conocí a las nutrias. Al menos así les decían acá, porque en realidad son Coipos. La nutria es car...