sábado, 28 de diciembre de 2013

Ojos que no ven


Imaginen esto.
Ustedes tienen un auto, por poner un ejemplo, que funciona.
La función de un auto es transportarlo a uno de un punto a otro, protegerlo del clima y pocas cosas más.
Si usted vive en una comarca, como me gusta esa palabra, perdón. Decía que vive en una comunidad chica donde pocos tiene auto y los pocos que hay son similares al suyo, algunos más viejos, algunos más feos, otros iguales y algunos otros desechos que no sirven para nada.
Usted es feliz, al menos en lo que respecta a transporte.
¿Por qué desearía usted cambiar de auto?
Ni lo pensaría. Sus energías estarían puestas en otro lado, sus preocupaciones no pasarían por ese lugar.
Pero si en cambio, usted tiene a su alrededor autos de muy buen nivel, más nuevos, más rápidos, más lindos.
¿Que sucedería?

En principio puede decir que usted está satisfecho con su auto, porque cumple con su objetivo. Puede sentirse apegado a él porque hace muchos años que le ofrece su fiel servicio y no hay razones lógicas para cambiarlo.
Pero puede suceder que se vea atraído por otra máquina. Y básicamente se ve atraído porque se dio cuenta que además de lo que su auto hace por usted, hay otros que le ofrecen cosas en las que no había pensado antes de conocerlos.
Saber que existen autos mejores que el suyo lo hacen desear tenerlo.
Y si tiene la posibilidad de cambiarlo y de esa forma poder gozar de las comodidades y lujos de los nuevos autos. ¿Que lo frena?
¡Que difícil es mantenerse fiel en un mundo globalizado!
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