jueves, 21 de noviembre de 2013

Todo por una foto.

Hace poco, entró un viejo amigo a mi local y puso sobre el mostrador esta foto.
Y varias cosas me asombraron.
Primero que este viejo amigo, ya es mas viejo que amigo, ya que después de una discusión, para mi sin sentido, dejamos de vernos. Yo fiel a mi estilo de darle a las cosas la importancia que merecen, seguí mi vida como si nada, estando tranquilo de no haber hecho nada mal de mi parte y si había algo que valiera la pena en medio, se solucionaría solo con el tiempo.
Y como si nada hubiese pasado en más de 10 años nos pasamos un rato recordando andanzas. Me alegró mucho su visita.
En esa foto, de unos 10 a 15 años atrás, estoy con mi viejo jeep, al costado de una laguna donde solíamos ir a pescar.
Esa laguna se secó y ese jeep cambió de dueño.
Pero esta foto destapó una cañería mental que llevaba a la pileta donde había montones de recuerdos ahogados en ese fluído poco cristalino de mi mala memoria.
Y salieron a borbotones uno detrás del otro.
Con este viejo amigo y algunos otros, disfrutábamos mucho de salir de pesca, aunque ahora creo que debería recatalogar esas salidas.
En una de las tantas, se planeó como siempre uno de esos viajes. Estábamos tomando mate, seguramente, y alguno dijo.
-Está lindo para ir a pescar.
Y ahí mismo cargamos las cañas, una parrilla, un trozo de carne, una conservadora con hielo para enfriar las cervezas y en un rato la conversación seguía, seguramente tomando mate, pero dentro de algún vehículo camino a dónde fuese que hubiera agua.
El ritual podía cambiar según la hora, el lugar o algún otro factor, pero casi siempre consistía en buscar un buen lugar, salir de recorrida para recolectar un poco de leña, prender el fuego y mientras uno se encargaba de hacer el asado, el otro, o los que fuéramos, armaba las cañas, preparaba las carnadas, etc.
Otras, como ésta que recuerdo, los dos nos pusimos con el fuego, la carne se fue cocinando mientras nos pasábamos las cervezas y así comimos un asado bien criollo debajo de un árbol, pasamos la tarde mirando la laguna y como ninguno tenia ganas de ir a sacar las cañas del auto, nos dedicamos a vaciar las botellas porque llevarlas llenas de regreso está mal visto.
No recuerdo si debajo de ese mismo árbol nos dormimos una siesta o será que se venia la noche, pero el punto es que volvimos, de un viaje de pesca y jamás sacamos las cañas del auto.
Eran tiempos en los que no teníamos dinero. No era muy común tener un auto en condiciones de hacer un viaje y cuando alguno lo tenía, no había dinero para el combustible.
Conseguíamos prestadas las cosas que hicieran falta para acampar y muchas veces solo llevábamos sal y la esperanza de pescar algo para que esa fuera nuestra comida.
Y bastaba que nos juntáramos dos o tres amigos con ganas de ir, que conseguíamos lo necesario. Era raro que pasara un mes sin ir a pescar, o a cazar.
Hoy, todos hicimos nuestras vidas, algunos progresamos más que otros, pero sin dudas, tenemos todo lo necesario para poder acampar con todas las comodidades, ya no tenemos que pedir prestadas las cañas porque no nos falta equipo. Sin embargo, sin exagerar, deben haber pasado dos o tres años que no voy a pescar.
Decimos que la excusa es el tiempo. Hoy nadie tiene tiempo.
Y decimos que vivimos mejor.
Pero no quiero terminar el relato de esta forma.
Como decía cuando comenzaba, ver esa foto me trajo recuerdos de las andanzas con el viejo jeep modelo 1947 y me gustaría contar esa vez en la que en una de las costas del sur, cuando volvíamos por la playa después de haber pescado dos tiburones, aprovechamos la marea baja para salir de una zona de acantilados donde la marea alta nos había encerrado.
Entre la bruma vimos un bulto en la playa que resultó ser una cría de ballena encallada por la misma bajante que nos permitió escapar.
El sonido que hacía era muy triste, como un gemido muy suave, que nos conmovió y nos obligó a que hiciéramos algo para tratar de ayudarla. Apenas si movía de vez en cuando la cola denotando un gran agotamiento.
Sin embargo no sabíamos que hacer, las olas nos empapaban y estaba la posibilidad de perder la oportunidad de salir aprovechando el final de la bajante que nos dejaba un sendero de playa libre entre los acantilados y el mar.
Pero nunca dejó de mover los ojos que nos seguían donde fuera que nos moviéramos.
Sacamos unas sogas, que en realidad estaban de adorno, envueltas alrededor de los caños de la jaula anti-vuelco del jeep. Las atamos  y después de un buen rato de cavar y pasar un soga por debajo del animal, logramos arrastrar con el jeep a la pequeña ballena hasta que pudo nadar y volver al mar.

  Aunque en realidad, no se si lo que se destapó es la pileta de los recuerdos o de la imaginación.
Deben estar muy cerca. 
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