sábado, 12 de mayo de 2012

La suerte de Rogelio, un ganador. (o una entrada fuera de lugar)

La rueda de mate ya estaba armada y tratando de que pareciera casual me senté al lado de ella.
La idea era clara, que ella me pasara el mate y luego tratar de conversarle un poco.
No soy el mejor conversador, pero si me dan pie... Hablando de pies, al sentarme no me di cuenta que la mesa tenía un travesaño abajo, cerca del piso y le pegué de lleno con el dedo gordo. Malditas sandalias. Pero nadie se dio cuenta. Es más, creo que la cara de dolor que no pude contener me hizo quedar como alguien sensible, porque justo estaban hablando de un perro que habían atropellado esa mañana a unas cuadras de ahí y dos de las mujeres que estaban ahí en la rueda eran de la Asociación de la Defensa Animal o algo así.
Para mi suerte, esa sensibilidad malentendida llamó discretamente la atención de ella, que se distinguía de las demás por sus cabellos negros y su acento de alguna otra tierra. Entonces la fortuna se puso de mi lado y me sonrió.
 Ya sentado a su lado esperaba tener la oportunidad de que me pasara el mate y en una de esas, quizá le tocaría la mano. La única contra es que del lado opuesto me quedó la vieja amargada esa que tan mal me cae y no recuerdo por qué, pero bueno, lo importante era que ya estaba al lado de la morochita.
 Suelo ser muy distraído y no le presto atención a las cosas cotidianas, por ejemplo, nunca recuerdo para que lado se da el mate y ahí me di cuenta que mi fortuna duró poco porque resultó que lo dieron para el lado contrario y correspondió que el mate me lo diera la vieja.
 Tomé uno solo porque me dejó la bombilla llena de lápiz labial que sabe a... lápiz labial de vieja. Sin embargo cuando se lo pasé a ella, con sólo mirarla , sentí un calor, un ardor dentro del cuerpo que me bajaba desde la garganta hasta el estómago pasando por el corazón. Enseguida me di cuenta que podía estar enamorado.
Creo que en realidad lo que tenía era una terrible acidez y no debía haber tomado mate. Dije gracias, no quise más mate y queriendo iniciar una conversación tiré el tema de la última goleada del Rojo sobre el Racing. Me miró un instante y me sentí iluminado, pero me apagó la luz enseguida cuando me dijo que era de Racing.
¿Cómo me podía imaginar que fuera tan apasionada por el fútbol?
Zafé como pude y me dediqué a quedarme callado y prestando otra vez atención a las oportunidades de acercarme un poco como fuera, hasta que dice en voz alta que se tiene que ir al centro veterinario. Ahí se me iluminaron los ojos y sin dejar pasar la ocasión le dije:
-Yo tengo que ir justo para ese lado- Y no es que sea una luz de rápido ni bueno mintiendo, es que en verdad tenía que ir al lado de ese lugar.
-Que bien- dijo ella -si me alcanzas hasta allá te lo voy a agradecer porque hoy la verdad es que tuve un día terrible y estoy cansada-.
Me sentí un ganador. Al fin se me daba bien una. Así que me levanté y tratando de que no se me note la renguera, fuimos caminando hasta el auto.
-Que casualidad que tengas que ir justo donde tengo que ir yo- dijo ella con cara de incrédula mientras llegábamos al auto.
 -Pero es cierto- le dije -tengo que ir al taller que hay al lado del centro veterinario-. ¿No ves que tengo roto ahí adelante? Esta mañana venía mandando un mensaje por el teléfono y me tragué una piedra o algo, acá a unas cuadras y me rompió la parrilla de ahí abajo.
Yo no entendía por qué pero se puso a llorar y a gritarme como loca.
Al parecer eso blanco que había quedado en la parrilla rota no eran restos de la piedra que creí haber pisado, sino los pelos del perro blanco de ella. Me quise disculpar, le dije que a mi me gustaban mucho los perros y que tenía dos perros dogos atados en el patio y la vieja que tan mal me caía aprovechó a pegarme con la cartera.
Ahí recordé que la conocía porque mis perros le comieron las gallinas y la vieja pretendía que se las pague.
Quedan claro dos cosas. Que no hay que hablar de fútbol con mujeres y que no hay que usar sandalias.
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