martes, 31 de enero de 2012

De cien

Alexis y José son músicos.
Alexis estudia piano desde que su tío a los 4 años le regaló un Steinway de cola que pasó a ser el centro de la enorme sala donde vivía la familia Wainbaum. 
José heredó de su padre, el mecánico del barrio, esa facilidad para ser el centro de atención en las reuniones, cantando desde que aprendió a hablar y acompañando con un bombo casero, las guitarreadas que se armaban en los asados del taller todos los jueves.
El señor Wainbaum, uno de los dueños de la mayor editorial del país, contrató a los mejores profesores de piano, durante toda la infancia de Alexis hasta que entró en el Conservatorio Nacional. Varios fueron los profesores que pasaron por esa casa. Por alguna razón nunca duraban demasiado.
José se calzó la vieja guitarra de su padre cuando sus brazos llegaron a rodearla y alcanzar las cuerdas. Tocaba solo, cuando su padre le prestaba el instrumento y en las guitarreadas de los jueves, mientras los mayores comían y tomaban, él se acercaba a los instrumentos de los invitados y con cuidado, apenas rozaba las cuerdas sin tomarlos por miedo a tirarlos.
Con el tiempo José aprendió algunos rasgueos y lo dejaban participar en alguna zamba con la vieja guitarra del mecánico, con el bombo que era por descarte el instrumento que casi siempre le tocaba y cuando sólo estaba de espectador, llevaba el ritmo golpeando la mesa y el banco de madera.
Pasaron muchos años de estudio, muchas crisis en las que el chico no quería ni acercarse al piano, hasta que terminado el conservatorio, Alexis ya era oficialmente un músico.
Gracias a sus influencias el señor Wainbaum facilitó las cosas para que su hijo tocara en el Teatro Nacional, en una gala donde los invitados pagaron carísimas entradas.
La mayor parte de la audiencia estaba por quedar bien con el señor Wainbaum y no entendía mucho de música.
José comenzó ayudando en el taller hasta que quedó al frente después del accidente que dejó a su padre sin poder trabajar. Los asados de los jueves siguieron y ya eran una tradición en el barrio, aunque ahora José era el principal atractivo, deleitando a todos con sus habilidades para emocionar a los oyentes con cualquier instrumento o simplemente con su voz.
En la escuela no le salían muy bien las cosas. Aunque era muy inteligente, el trabajo le ocupaba casi todo el tiempo y si no fuera por la insistencia de su padre hubiese abandonado.
Con unos compañeros se les ocurrió armar un grupo y los fines de semana se juntaban a tocar a la gorra en la peatonal del centro. Solían juntarse muchas personas alrededor, que al pasar, no podían evitar sentirse atraídos por la música y aplaudir hasta dejar rojas sus palmas.
No lo hacían tanto por la recaudación, que a veces, después de repartirla, ni siquiera alcanzaba para comprar un juego de cuerdas, pero hacer música les daba placer y ver a la gente feliz era suficiente recompensa.
La noche del concierto Alexis estaba muy nervioso, casi descompuesto. Había ensayado cientos de veces pero igualmente no podía alejar ese terror de que se le escapara una nota.
El auditorio escuchó en silencio durante la ejecución, muchos se esforzaron por contener el sueño y cuando terminó aplaudieron de pie y saludaron respetuosamente al importante músico, hijo del respetado editor, en el imponente teatro.
Casi una hora después del concierto, Alexis seguía temblando, su malestar no lo dejaba y su cara ya estaba entumecida de sonreír forzosamente para las fotos y las felicitaciones que no sentían que fuesen sinceras.
No quiso volverse con sus padres y decidió dar una vuelta caminando para despejarse. Igualmente su casa estaba a pocas cuadras del teatro.
Mientras caminaba por la peatonal se paró a ver el por qué de tanta gente y entre las cabezas lo vio a José tocar con una vieja guitarra y cantar con tal sentimiento que logró emocionarlo.
Cuando terminaron de tocar, agradecieron sinceramente al público por escucharlos y entre aplausos se dispersaron los paseantes, algunos dejaron algunas monedas en la gorra, otros simplemente siguieron su camino.
Cuando los amigos contaban las propinas para repartirlas, no podían creer lo que veían. Entre monedas y billetes de dos pesos, enrollado prolijamente un billete de cien.

miércoles, 4 de enero de 2012

A falta de inspiración...

Ante la duda de cómo actuar en ocasiones complicadas, se suele oír que el corazón dice una cosa y la razón otra.
¿Y cómo hacen para saber cuál es cual?
A mi me suena todo igual, de otra manera sería muy fácil decidir. Yo le haría caso a la razón y que el corazón se dedique a bombear en silencio.
Si uno les sigue prestando atención les da aires y no sería extraño que terminen hablando el hígado o el páncreas. Este último es el peor porque ni siquiera estoy muy seguro donde está.
Ahora que lo pienso, es probable que mi hígado se haya querido comunicar ya, pero se ve que no logra hacerse entender y agarra todo a las patadas. Sobre todo después del lechón con cerveza.
Y hablando de cerveza, no se si les había comentado que fabricaba mi propia cerveza. Todo comenzó al hacer la tesis de mi carrera, que la centré precisamente en esa producción y además de presentar mis resultados, los correspondientes escritos, la presentación multimedia y la exposición ante el jurado y auditorio, presenté mi primera producción.
Todos lo que la probaron me decían que estaba deliciosa, aunque a mi me sabía a sidra.
La segunda producción ya parecía cerveza y los mismos que antes habían dicho que la anterior era rica, después de probar esta decían "esta si que está rica"
La cuestión es que comencé a querer mejorar el proceso de producción y eso llevó a comprar equipos, materia prima en grandes cantidades y de mejor calidad.
Aparte de convertirme en un orgulloso homebrewer , tomaba la cerveza más cara del mundo porque me terminaba saliendo cinco veces más cara la que yo hacía que la mejor cerveza importada.
Y para los que dicen que la cerveza artesanal no hace mal, que le pregunten a mi hígado.
Después de muchos años de ir armando los equipos uno se encariña y aunque no lo use, que ocupe medio garage y tener que explicarle como funciona a cada uno que lo ve, es muy difícil deshacerse de su creación. Es como un hijo.
Un día me levanté, se lo ofrecí a un amigo y con la plata me compré un auto. Ahora cada vez que mi amigo hace una producción me trae para que la pruebe. Creo que fue el mejor negocio de mi vida.
¡Ya no se puede creer en nadie!
Y no me refiero a mis amigos catadores de cerveza.
Según los Mayas el mundo se terminaba en el 2012. Pero resulta que ahora no se termina nada.
¡Y yo saqué un crédito!
En fin. Sean felices, no crean en nadie más que en ustedes, vivan como si el mundo se acabara este año y sobre todo, no saquen créditos.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...