martes, 21 de diciembre de 2010

Poder mental.

Lo bueno de juntarse con amigos de la secundaria después de mucho tiempo, es que entre todos, les ponemos nombre a los recuerdos.
Por ejemplo, recuerdo un profesor muy alto, que tenía un tic, que nos distraía y nunca nadie le pudo prestar atención a lo que decía.
Pero el nombre dejó de estar entre las neuronas que uso más seguido.
Y en una reunión de ex alumnos...
Charly - ¿Te acordás del Tuta?
Yo -Claaaaro, el Tuta. No recordaba el nombre.
Fabián - ¿Cómo era que se llemaba?
Marcelo - Torres era. El Tuta Torres.
Yo - Ja ja, tenés razón, que aparato era ese Tuta.
Miguel - El Sapo le puso Tuta, porque era medio tartamudo. Se colgaba tu, tu tu.
Chaly - Che sapo, vení que a vos te salía bien.
El sapo, que estaba haciendo el asado, deja la pala apoyada contra la parra y haciendo que toma una tiza comienza a escribir en un pizarrón imaginario mientras desfilaban todos los tics que tenía el pobre hombre que hasta hacía unos minutos estaba borroso en la memoria de todos y con el aporte de los recuerdos de cada uno tomó forma como si hubiese pasado hace una semana y no hace 25 años.
Durante unas horas todos volvimos a tener 16 o 17 años y la voz de cada uno de los compañeros nos hacía ver a ese pibe flaco y de pelo largo, aunque el que hablaba es hoy un pelado de más de 40.
Y desatar recuerdos de un rincón que se ha dejado de usar suele desencadenar otros recuerdos que aunque ocultos, seguían ahí guardados.
Recuerdo un personaje más notable que “El Tuta”.
Un profesor dejó de dar clases o tomó licencia, no recuerdo, pero la cuestión es que llegó un suplente. Era un tipo muy joven y que bastaba con verlo una vez para que llamara la atención. Tenía una mirada penetrante y hasta intimidatoria.
Creo que jamás dio una clase sobre el tema de la materia, porque se corrió la voz de que el tipo era algo así como un mentalista, parapsicólogo o alguno de esos títulos elegantes para decir “chanta”.
Recuerdo que El Sapo, que era el más caradura y de una rapidez mental asombrosa, comenzó a tirarle la lengua. Nos contaba que usaba el poder mental para hacer todo tipo de proezas paranormales y aunque la mayoría no le creíamos nada y se notaba, el tipo nunca perdió esa seguridad y respondía a todas las preguntas que le disparábamos.
Alguien sacó el tema del aura de las personas y el profesor no dudó en decir que era cierto y que en ese momento estaba viendo el aura de cada uno de nosotros.
No tardó un segundo en aparecer el primero en preguntarle de qué color era la suya.
Y ahí comenzó a cambiar la cara de todos nosotros, de risa burlona a serios como perro en bote.
Sin conocernos, porque era el primer día que lo veíamos, comenzó a describir la personalidad de cada uno según el color del aura que decía ver.
-Por ejemplo, usted tiene un aura blanca, que es muy raro de ver- le dijo a un compañero al que no recuerdo haberlo oído hablar nunca- usted es sin duda muy religioso y no tiene maldad, es muy inocente y buena persona.
Entre todos comenzamos a preguntarnos por lo bajo cómo sabía eso, porque era cierto.
Y siguió comentando lo que decía ver y por lo tanto la personalidad de cada uno sin equivocarse en ninguno.
Según él mi aura tiraba al rojo, no era malo pero tampoco era ningún santo.
-Usted no cree en nada- me dijo. Y yo que soy más ateo que Carl Sagan no pude contestar, ni cerrar la mandíbula que colgaba.
En el recreo no hubo otro tema de conversación y la mitad de los que no sabían si creer o no en lo paranormal, hubiesen firmado a partir de ese momento como paranormal friendly. El resto de los que seguíamos escépticos lanzamos teorías de todo tipo incluyendo la más probable que se basaba en la observación y en que sabía decir lo que uno quería escuchar.
Pero este fue el primer encuentro con “El Brujo” nada más.
Poco tiempo después alguien le preguntó
-¿Si usted hace fuerza para que una persona se descomponga lo puede lograr?
-Claro que si, pero no me pidan que haga eso.
-¿Y nosotros podemos hacerlo también?
- Si, cualquiera puede hacerlo si se concentra lo suficiente.
-Una forma muy simple para principiantes es colocarse un papel dentro del zapato con el nombre de la persona que quieren influir y se concentran en lo que quieren que sienta a la vez que pisan con ese pie.
-¿Funciona eso?
-Si se logran concentrar si, pero ojo, sean prudentes que no es un juego.
Cambiamos de tema pero todos estábamos pensando lo mismo.
Ese día, en la última hora teníamos una prueba muy complicada de Termodinámica donde el profesor era Torres, el Tuta.
Cuando terminó la hora el profesor brujo salió del salón, pero la mayoría de nosotros en lugar de salir al recreo nos quedamos planeando la maquiavélica jugada.
El los zapatos de todos, no recuerdo en qué pie era porque tenía que ser uno en particular, se alojó un papelito con el nombre que se imaginarán y la palabra a repetir en nuestras mentes era “diarrea”.
Así pasamos la hora siguente, los treinta, pisando rítmicamente con el mismo pié que tenía el papel con el nombre del Tuta Torres mientras mentalmente decíamos “diarrea”.
Cuando tocó el timbre del final de la hora, entró el preceptor diciendo:
-¿Ustedes tienen con Torres en la última hora?
Creo que respondimos todos con los ojos bien abiertos y al unísono
-Si.
-Se van antes entonces, porque el profesor se tuvo que retirar.
El desorden y la algarabía que se armó dejó al preceptor desubicado y a nosotros, los escépticos, preocupados.
Quiero creer que fue una casualidad, porque si en efecto una persona podía afectar a otra con sólo concentrarse, entre los 30 a la vez lo podíamos haber desidratado.
La historia con el profesor brujo no termina acá aunque tengo que decir, que:
A mi, nunca más me funcionó.

“La primera gran virtud del hombre fue la duda, y el primer gran defecto la fe”.
Carl Sagan

lunes, 13 de diciembre de 2010

Banco de piedra.




Le llamamos “el interior” a los pueblos o ciudades chicas del país que no entran dentro de las ciudades de referencia.
Hay pueblos del interior del país y más precisamente del interior de cada provincia. De lo que puedo hablar es del interior de la Provincia de Buenos Aires.
La riqueza del interior de esta provincia es algo de lo que a veces se habla, pero que pocos conocen o reconocen, porque aunque sabemos que Argentina no es Buenos Aires, si un extranjero quiere venir a conocer el país, no va a otro lado. Y no sólo los turistas que vienen de paseo y se van, también pasa eso con los inmigrantes, que llegan continuamente de a miles y terminan apiñados malamente en la ciudad de la furia, cuando podrían vivir muchísimo mejor en el apacible interior.
Precisamente en el interior de la provincia, lindando con la provincia de La Pampa hay un pueblo, llamado Salliqueló. Perdón, a los salliquelenses no les gusta que le digan pueblo, sino ciudad.
En esa ciudad pueblerina no hay nada que llame la atención de un habitante de una gran ciudad. Las virtudes del lugar no se aprecian en una postal. 
El paisaje es de campo por los 4 costados, sin ríos ni lagunas. Es un entorno aburrido, a no ser que uno sea una vaca. Pero los colores cambian según la temporada, de verde claro a oscuro, de dorado del trigo maduro a brillante amarillo de los girasoles y hasta violeta o azul de la floración de los campos de alfalfa. Hasta los pastizales silvestres tienen su temporada de esplendor donde son dignos de un cuadro.
Dentro del casco urbano habitan personajes muy variados, desde dueños de los campos, que por el mérito de haber heredado algunas tierras viven con mucho lujo, dando órdenes a los empleados que hacen producir ese campo y se llevan sólo lo suficiente para vivir en una clase media algo empobrecida, pero que a su vez dan trabajo a la clase más baja, formada por empleadas domésticas y los que viven de changas. Pero no hay indigentes. El que peor vive en el interior la pasa mucho mejor que cualquier pobre de ciudad.
Toda ciudad del interior tiene una plaza, que marca el centro de su urbanización y en reglas generales se puede reflejar en su cuidado, el estado de su gobierno municipal.
La plaza de Salliqueló siempre fue una de las más cuidadas y prolijas. No tiene fuentes, no hay desniveles, ni grandes monumentos. En el centro un mástil sobre un cuadrilátero de mampostería y escalones de granito donde suben y bajan, corren a su alrededor y juegan los más chicos. Dentro de un gran círculo de baldosas, con algunos bancos y caminos de polvo de ladrillo, entre los grandes canteros que son la estrella de la plaza. Árboles añejos, rosales y flores de estación que dan la vista a la plaza.
En uno de esos caminos secundarios, un banco de piedra, muy viejo que no es feo, pero que desentona con el resto de los bancos que son de metal y madera.
Cuando vine por primera vez a este pueblo, perdón, ciudad, pasé obligado por el centro de esta plaza cruzándola en diagonal. Caminaba desde la estación de trenes, hasta el museo que me llamó la atención. Como tenía que hacer tiempo, entré a curiosear.
Puntas de flecha, trozos de piedra con grafos y hasta un fósil de criptodonte están alojados en la parte que menos se recorre de este museo, porque los que entran suelen ir a ver los recuerdos históricos de los primeros pobladores buscando ancestros en las fotos para señalarlos orgullosos.
-¿Tiene para mucho? - dijo una mujer muy vieja, que resultó ser la encargada del museo.
-¿Perdón?-  respondí sorprendido y a la vez intrigado, por si era a mi a quién hablaba, aunque era el único vivo ahí además de ella.
-Pregunto si tiene para mucho porque tengo que salir a hacer algunas cosas. Dijo la mujer muy poco cordial con visible ironía.
-No, estaba haciendo tiempo nada más, ya me voy- dije mientras salía de mi primer y última visita a un museo al que nadie concurre y comenzaba a entender por qué. Sorprendido y un poco humillado volví a pasar por la plaza y me senté en el banco de piedra mientras masticaba la desazón de haber sido prácticamente echado del museo.
-Pero qué vieja de mierda.- dije para adentro, o tal vez en voz alta porque estaba solo entre toda esa vegetación ornamental.
-Es que como nunca entra nadie, la pobre tenía cosas para hacer y no es que sea mal educada, es que nunca entra nadie a esa hora.
-Pero no te pueden echar de un museo y dentro del horario de atención- contesté indignado.
-Te vas a tener que acostumbrar, la vida acá no tiene las mismas reglas que en la ciudad.
-Si evidentemente- diije moviendo la cabeza, o lo soñé, porque estaba cabeceando entredormido por el cansancio del viaje.
El viaje en tren desde Buenos Aires duraba de 10 a 12 horas cuando todo andaba bien, pero llegué a estar 20 horas en esas latas que se descomponían a mitad de camino con más frecuencia que la tolerable. Tardaba tanto porque paraba en todos los pueblos y al menos los primeros viajes eran interesantes por todo lo nuevo que se veía. Además la vista de un pueblo desde el tren es diferente a todas, porque normalmente, la estación está detrás del pueblo y nunca viajando en auto se va a ver igual.
Me puse de pie, me desperecé un poco y salí caminando, dejando detrás al banco de piedra  que quedaba oculto detrás de los rosales.
Las calles del centro tenían asfalto pero ninguna más de 7 u 8 cuadras donde comenzaban a ser de tierra. Pero no era tierra como la que estaba acostumbrado a ver en la ciudad porteña, era arena o una mezcla entre tierra y arena fina que le dan a los caminos un color claro. El mismo color con el que terminan los zapatos después de caminar unos metros.
Aunque era muy temprano, algunos vecinos barriendo la vereda o comerciantes abriendo sus negocios se comenzaban a ver.
-Buen día- me dijo un vecino mientras barría- Linda mañana, no?
-Si- contesté extrañado, porque al hombre no lo conocía, pero me hablaba como si así fuera.
Seguí caminando mientras pensaba de dónde me conocía , porque en la ciudad uno solamente saluda a los conocidos, de otra forma pasaría el día saludando a los millones que uno se cruza.
-Hola, buen día- me dijo una hermosa mujer que salió a barrer en el preciso instante en que yo pasaba. Creo que no se acordaba que tenía la escoba en la mano.
-Hola- dije, menos extrañado que antes.
Así recorrí el camino hasta mi destino, entendiendo a qué se referían cuando hablaban de la hospitalidad del pueblerino.
La vida me llevó a radicarme en Salliqueló y aunque nunca más volví al museo, la plaza, como en todo pueblo, es el punto de reunión para dar una vuelta el domingo, para noviar, los que tienen esa suerte o simplemente para cortar camino en lugar de rodearla, cuando uno anda por ahí.
Después de algunos años, paseando con mi mujer por los caminos de la plaza recordaba aquella anécdota del museo.
-No se quién era la vieja del museo porque nunca más la vi.
-La tenés que haber visto cientos de veces, porque es la madre de Daniel - dijo mi mujer que siempre tiene razón.
-No me digas- respondí asombrado- yo la recuerdo más vieja.
-Será de la bronca que te dio, pero ella siempre trabajó en el museo hasta que se jubiló hace unos años.
- Espero no haberle contado nunca la historia a Daniel, porque soy un especialista en meter la pata.
-Vamos a sentarnos ahí- dijo mi mujer mientras señalaba un banco con las maderas nuevas o barnizadas muy recientemente.
-No, vamos al banco de piedra donde me senté esa vez- le dije mientras intentaba ver por sobre las plantas para ubicarlo.
-¿Qué banco de piedra?
-En uno de los caminitos internos hay un banco que es de piedra, no como estos.
-Lo habrás soñado, porque todos los bancos son iguales- dijo ella con la seguridad que la caracteriza.
-No, te digo que hay uno de piedra, pasa que entre tantos caminitos uno se pierde, pero vamos a buscarlo vas a ver.
Caminamos por todos los senderos internos y nunca lo encontramos.
-Lo habrán sacado- dije yo- es una pena.
-La verdad es que yo no recuerdo haber visto nunca ese banco que decís, te habrá parecido.
- Puede ser- dije muy poco convencido- pero estoy seguro que me senté en ese banco.
Algunos años más tarde, me contrataron para trabajar con el sistema informático y de comunicaciones del nuevo museo. Después de haber dejado de pasar el tren de pasajeros por esta zona, lo que antes era el edificio de la estación se restauró para mudar el museo. El trabajo fue muy simple. Instalar equipos nuevos, configurar algunas cosas y nada más, apenas dos o tres días. El último día mientras terminaba de verificar que todo funcionase bien, seguían trayendo cosas los empleados municipales y organizando todo en su lugar. 
En un momento dejan al lado del escritorio de la computadora una caja con cuadros, muy viejos para que les busquen lugar.
Sobresaliendo levemente de la caja, un cuadro donde se ve la plaza, con la forma que perdura hasta hoy, sin los grandes árboles y apenas sembrada de flores. Muy distinta pero reconocible.
En el centro sobresalían más que hoy, el mástil y su base flamante, rodeado por bancos de piedra.
Sin pensarlo demasiado tomé el cuadro y lo puse sobre el escritorio.
-¿Viste qué distinta se ve la plaza?-dijo la actual encargada del museo- parece más grande ¿no?
-Si, re pelada- le contesté sin quitar la vista de la foto color cepia.
-Debe ser de 1930 o un poco antes, porque no está fechada.
-Me llaman la atención los bancos, son de piedra.- dije tratando de disimular la intriga.
-Si, eran feos, pero desde que recuerdo siempre estuvieron los de metal y madera.
-¿No quedó ninguno de piedra? -pregunté inmediatamente.
-Que yo sepa no, nunca los vi. Y no soy ninguna nena.
No pregunté más. No podía ser. Seguí con lo mío, terminé y me fui.

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