martes, 20 de julio de 2010

Mi nombre no es mi nombre


Década del 80.
Secundaria técnica o industrial como se le decía años antes.
Primero “H”
En primer año, estábamos todos muertos de miedo por el cambio. Veníamos de séptimo grado con la señorita, la escuela a 5 cuadras de casa y todos los compañeros eran amigos de toda la vida o al menos de hacía 7 años.
Ahora tenía que viajar sólo en colectivo (autobús para los foráneos) sentarme entre más de 30 extraños en un lugar enorme donde teníamos 15 o 16 profesores distintos.
Pasaba a ser relevante una situación hasta el momento impensada.
En la escuela, ser bueno en matemáticas, ciencias y manualmente era todo beneficio, pero acá las cosas eran diferentes.
Si sos demasiado bueno te expones a la ira de los no tan buenos en los estudios, especialmente en los que usan los puños como solución a sus problemas y paliativo a sus frustraciones.
Estar en el grupo de los que se sientan al frente resultaba muy aburrido, pero para poder pertenecer a los del fondo había que ganarse el lugar.
En la primaria tenía fama de muy peleador, es más, uno de mis buenos amigos de esa época lleva en uno de sus incisivos una marca de por vida de mi mal genio, pero acá era muy distinto.
A poco de comenzar las clases el que estaba sentado a mi lado decide esputar el piso entre medio de ambos justo antes de que el profesor pasara.
-¿Quién fue?- preguntó el profesor entre medio de dos tics, porque tenía esa dolencia que le hizo ganar el apodo de “Truco”
Ninguno de los dos respondió.
-Si en cinco minutos no aparece el responsable tienen un cinco los dos- sentenció Truco gastando entre 6 o 7 tics en esa frase.
Después de planteado el problema me acerqué al asqueroso compañero y le dije textual.
“Si no decís que fuiste vos, te agarro a la salida y te rompo a trompadas”
Ante tremenda amenaza, mi obligado compañero no hizo más que reírse y ofrecerme la mano derecha.
-Listo, a la salida lo arreglamos- me dijo en medio de un apretón de manos que sellaba mi sentencia, porque el gordo me llevaba dos cabeza y al menos el doble de peso.
Eso había sido en la primera hora de taller, lo que me dio tiempo suficiente para sufrir durante toda la mañana mi futura paliza.
Entre todas las posibilidades de evitar la tunda, pensé en empujarlo por la escalera al bajar del taller en la segunda hora, pero si en la caída no moría su furia sería mayor empeorando mi situación.
Pero algo inesperado sucedió en el recreo que cambiaría mi futuro en la escuela.
Se fueron acercando grupos de compañeros, no solo de mi división, sino también de las otras siete y hasta de años superiores.
-Che flaco ¿así que te vas a pelear con el gordo ese?- me decían flaco porque pesaba 54 Kg y medía 1,68 m.
-Si- le contesté tímidamente al primer grupo, sin poder ocultar el arrepentimiento de haber dejado hablar a mi mente sin pensarlo un poco antes.
-¡Que grande flaco! Matalo a trompadas.
-Si, pero pegale en la cara que en la panza no le vas a hacer nada- dijo otro del grupo.
Y así fueron pasando y alentado tantos compañeros que por un momento me hicieron pensar que tendría alguna posibilidad de no morir.
Pero cuando terminó el recreo y volvimos al laboratorio, no podía dejar de mirar a esa mole de carne que me había elegido como oponente y volví a pensar alguna manera de evitar la catástrofe.
-¿Y, lo pensaron bien?- dijo el profesor- ¿quién fue?- volvió a preguntar sin que ninguno respondiera -Muy bien, entonces tienen un cinco los dos.
Llegar a mi casa con una mala nota no era en ese momento nada que me preocupara. Más me preocupaba no llegar o hacerlo en ambulancia.
Al salir al segundo recreo, la cosa fue en aumento. Al parecer se había corrido la voz de la desigual pelea y no solamente mis compañeros de año se acercaban para alentarme sino que los más grandes me llevaron con ellos y además de alabar mi valentía me daban consejos de pelea callejera y prometieron que si la la pelea se tornaba desfavorable para mí, cosa bastante evidente, me defenderían.
Ante todo esa situación, no cabía la posibilidad de escapar a la pelea, por lo que al tocar el timbre de salida, salí resignado a enfrentar mi suerte.
-¿No te arrepentiste?- me preguntó el gordo
-¿Estás loco? Te espero en la esquina- y salí decidido a lo que salga.
Para entender lo que sigue, es importante que sepan que en esa época estaba al aire un programa de Catch o lucha libre, donde la estrella era “Martín Karadagian” Este personaje conocido por todos de mi generación tenía un golpe característico con el que lograba derribar a sus oponentes. Ese golpe era “El cortito”.
A la salida, en lugar de salir cada uno para su lado como siempre sucedía se armó una columna de alumnos hacia la esquina donde algunos se ubicaron en círculo formando un ring callejero y mientras yo caminaba todos me rodeaban al grito de “El cortito Martín” mientras me palmeaban la espalda y me alentaban.
El desarrollo de la pelea no fue nada importante. Recuerdo que de la primer trompada me acostó en el suelo. Cuando recobré la noción de donde estaba y sentía los gritos del público alentándome, tomé valor, volví a ponerme de pié y me le fui encima como un animal.
Me volvió a dejar en el piso de una trompada. No podía creer que me pegara tan fuerte, pero volví a pararme y logré golpearlo antes que me volviera a tirar y nos trenzamos un rato hasta terminar los dos en el piso y alguien a quien le agradecí secretamente, nos separó.
La pelea terminó ahí, pero la muchedumbre comenzó a corear “Martín, Martín...” como coreaban en las peleas alentando a Martín Karadagian.
A raíz de eso todos creyeron que mi nombre era Martín y es el sobrenombre con el que me conocieron durante los 6 años que duró la secundaria y hasta hoy, los compañeros de esa época siguen pensando que ese es mi nombre, aunque me llamo Gabriel.
A partir de ese día me senté en el fondo, con todos los beneficios que eso conlleva.

Un abrazo a todos mis amigos, en especial a los que hice en esa gloriosa época.

Martín.
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